AMÉRICA
Por Demófilo de Buen Lozano
14 de julio 1940. En Port de France.
Vuelvo la vista atrás para recordar las incidencias de este viaje tan extraordinario.
Por fin el día 2 por la noche ya bien oscuro, lució ante nuestros ojos a la izquierda, el primer faro americano. El Cuba navega con las luces encendidas.
Al día siguiente, al amanecer, llegamos a Saint Thomas. El sol surgió sobre los mares de las Antillas entre resplandores sonrosados, envuelto en blancas nubes.
Anclamos primero en la rada y luego atracamos. La ciudad presenta ante nuestros ojos un bello aspecto. Sobre las laderas de una montaña ofrece un conjunto de casitas dispersas. de moderna construcción y alegre conjunto. En el antepuerto hemos visto un barco de guerra norteamericano y, durante el día llegaron otros navíos de guerra ligeros y esbeltos como costosos juguetes.
Por la tarde recibo la visita de tres personas, dos abogados portorriqueños, uno de ellos el presidente del Colegio, y otro señor. Han sabido que yo iba a bordo y han querido saludarme. Conocen mi nombre y han leído alguno de mis libros. Se me ofrecen gentilmente. Primera impresión optimista.
Llegan algunos periódicos que nos confirman el doloroso desastre de Francia. ¡Los alemanes han llegado a la frontera de España!
Desembarcamos por el breve espacio de hora y media. Pisamos por primera vez tierras de América, con un recuerdo para la España lejana. Vamos a la ciudad a pie media hora de camino sin calor excesivo. Grupos de negritos nos miran al paso y nos saludan con simpatía. Casas de madera donde viven pobremente los pobres negros, tal vez los mismo que durante la mañana se acercaron en diminutas piraguas a nuestro lado, para pedir unas monedas y chapuzarse ágilmente en su busca, al serles arrojadas.
Ya en las calles mucho comercio y casas de bebidas donde la marinería americana con sus trajes y su casquete blanco alborota y bebe.
Por la noche, el aspecto de Saint Thomas iluminada es el de una ciudad de veraneo. Corre un fresco agradable a bordo. El barco toma coro en la proa. El día 4 seguimos quietos en Saint Thomas, aunque de nuevo el Cuba pasa a la rada. Han venido varios navíos de guerra que están todos engalanados con profusión de banderitas, en conmemoración de la independencia americana.
Desde uno de los acorazados americanos - ahora hay dos en el puerto- envían un obsequio de cigarros para los españoles. Los han oído cantar y les expresan su simpatía.
Por la noche juego de reflectores y algunos cohetes de colores que iluminan el cielo y el mar con sus vivos coloridos. Los reflectores de los buques de guerra persiguen el curso de los cohetes
El día 5 hacia las 11 de la mañana salimos de Saint Thomas. Pasamos junto a varias islas y, al atardecer, bordeamos, por el norte, Puerto Rico. Divisamos a lo lejos, la ciudad de San Juan. De noche vuelven a cerrar los portillos, a apagar las luces y a prohibirse fumar sobre cubierta para tormenta de los aficionados.
Temprano el día 6, alcanzamos Ciudad Trujillo. La vista de la ciudad a donde vamos destinados no nos produjo demasiado entusiasmo. Desde el mar parece pequeña y no presenta el aire de una población moderna. Llegan pronto las autoridades. Mucha gente, la mayor parte negros. Entre ellos el coronel Bosch, aventurero que ha luchado en las filas republicanas y que ahora está aquí, desde hace seis meses, y ha contraído matrimonio con una sobrina del dictador. Entra al habla con sus amigos Mantecón y Sánchez Ventura y a los demás nos mira con aire desdeñoso. Nos dice inmediatamente que no podemos desembarcar porque el SERE no ha depositado la cantidad a la que se había comprometido. Un par de horas más tarde viene a comunicarnos que todo está arreglado; y no mucho tiempo después, los dos amigos citados, con aire misterioso, me comunican que vuelve a estar todo desarreglado - aunque ya no por cuestión de dinero - y que solo ellos podrán ir a tierra para trabajar a favor de los demás, y ver si pueden solucionar el conflicto.
Entre tanto los viajeros no españoles andan desolados de un lado a otro. El agente de una compañía de colonización ha dicho a varios de ellos que no podrán desembarcar sin comprometerse a adquirir un lote de terreno, fuera de la capital, a habitar en él y a cultivarlo. Por fin casi todos arreglan su problema con recomendaciones que traen para el generalísimo o su familia y con tratos sigilosos en los rincones del barco, en los que se habla de dólares y de repartos entre los funcionarios de la Comisión.
El chalaneo indecoroso dura varios días. Logran salir algunos españoles, unos por tener familiares que los reclaman y otros, seguramente, por las mismas razones que los extranjeros.
En tierra trabajan en pro de la colectividad de españoles Bernardo Giner. en comunicación con Prieto y suponemos que Mantecón. A mí me escriben los amigos que desempeñan cátedras en la Universidad de Santo Domingo, diciéndome que se han interesado por mí.
Los hijos de Trujillo envían frutas para los niños españoles. 800 piñas, muchos plátanos, mangos, naranjas, etc. Unos ingleses envían tabaco, jabón y leche condensada. Hablo con los emisarios del dictador y con los donantes ingleses. Enviamos a aquel un documento redactado por Vázquez Ocaña expresándole nuestro reconocimiento por el gesto de sus hijos y nuestra esperanza de que resolviera generosamente el problema de los que no pueden desembarcar.
Por lo demás me abstengo de toda gestión personal. Siento la sensación de repugnancia ante la conducta vergonzosa de las autoridades dominicanas, aumentada por el hecho de que la prensa de la Capital, miente descaradamente sobre las condiciones de legalidad en que hacemos nuestro viaje y nos trata colectivamente con injusticia y falta de veracidad. Por otra parte, me dolería ver resuelto mi problema y dejar abandonados a los otros. González Peña, con muy buen sentido, está decidido también a quedarse con todos. Su salida y percibo que también la mía, hubieran provocado entre los emigrantes un descorazonamiento peligroso que me complace mucho haber contribuido a evitar.
Por fin el día 10 se dice que el Cuba va a zarpar. La gente se halla excitada y cuchichea misteriosamente. Llegan hasta mi especies que califico de faltas de toda sensatez. Por fortuna una carta de Giner restablece la serenidad y el buen juicio. Está decidido que vayamos a la Guadalupe y a la Martinico y desde ahí saldremos para Puerto México.
Ya de noche el buque zarpa, en efecto. Se produce un incidente pintoresco. Un aduanero dominicano ha quedado rezagado a bordo, y al advertir que el buque sale comienza a dar gritos lastimeros y a disparar tiros. Por fin llega una lancha, y a la luz de un reflector, desciende el apurado funcionario, entre invectivas de la gente de a bordo en obsequio del generalísimo dominicano.
Vemos con gozo, como quien sale de un pozo al aire libre, alejarse ciudad Trujillo. La mar picada, nubarrones densos. Navegamos sin luces y con los portillos cerrados
El día 11 seguimos nuestro rumbo sin tierras a la vista, bajo un cielo plomizo que refleja su color en el mar rizado aquí y allá blancos borregos. Sopla un recio viento de proa. Vuelan algunos peces voladores a los lados del navío.
En nuestro oficio forzado hemos visto elevada nuestra moral al salir de las aguas territoriales dominicanas. ¡Qué diferencia entre la conducta de este país, hijo de nuestros ascendientes, que nos cierra sus puertas después de haber cobrado los visados cuando ve nuestra debilidad y la de Francia, bajo cuyo pabellón navegamos y la conducta de Francia, en febrero de 1939, cuando abrió de par en par sus puertas a cientos de miles de españoles!
Por la noche el comisario del Cuba me llama y me comunica, con palabras de condolencia, en nombre suyo y del comandante, que ha fallecido un pasajero español. Averiguo que se trata de un escritor de la CNT, que se hallaba hacía tiempo muy enfermo.
Por la mañana del día 12 llegamos a la Guadalupe y anclamos en Pointe a Pitre, junto a un buque escuela, el Jeanne d'Arc, y a la vista de una calle no más lejana que cien metros del barco. Tras de unas verjas que separan los servicios del puerto de la calle, se agolpa una multitud abigarrada en la que dominan los negros. Junto al barco algunos empleados, gendarmes y familiares de los viajeros que descenderán en la isla.
A poco de llegar la multitud irrumpe hasta la orilla del muelle. Profusión de trajes blancos, de negros mal vestidos, de negras con anchos sombreros de paja d trajes a la moda y de negras ancianas. vestidas con ropas pintadas que les llegan hasta los pies y tocadas con pañuelos atados a la cabeza y elevados en punta.
La multitud se despliega hacia la punta del barco y entra en coloquio con los pasajeros de tercera. En testimonio de simpatía lanza, a modo de proyectiles, frutas y algunas cajetillas de tabaco. Pronto llegan algunos marinos extienden una cuerda y empujan a los centenares de personas, negros casi todos, que siguen acercándose al buque, desde donde les arrojan cuerdas para recoger los donativos. La intervención de los marinos no tiene ningún resultado.
¿Qué pasa después? ¿La manifestación ha tomado un cariz político? Alguien dice que han aparecido en tierra emblemas de la hoz y el martillo. El hecho es que sobre el Jeanne d'Arc forma la tropa que desciende a tierra con la bayoneta calada, mandada con un oficial con y que da una carga que hace huir a la muchedumbre en abanico. Del propio navío bajan unos marinos con ametralladoras; pero, por fortuna, en pocos momentos la calma queda restablecida, sin víctimas al parecer, tan solo algún detenido.
Al medio día salgo del barco con otros tres compañeros para acompañar el cadáver de nuestro compatriota hasta la funeraria donde ha de instalarse una capilla ardiente. Los soldados ofrecen armas respetuosamente al paso del triste cortejo. Las negras se santiguan.
Atravesamos unas pocas calles estrechas, con casas bajas, de construcción moderna, muchas de ellas, sino todas, de madera. Vemos un mercado lleno de animación. Nos acompaña un oficial del buque.
Volvemos pronto a bordo, después de terminar nuestro acompañamiento y tomar un refresco, pero, por la tarde, con los mismos tres españoles, salgo de nuevo y paso algo más de dos horas en la población.
Compramos pequeñas cosas necesarias; mis compañeros sobre todo cigarros, para ellos y para sus amigos. Hace unos días los fumadores se hallaban en el barco sin repuesto.
A las 5 volvemos a la capilla ardiente y de allí, al cementerio. No olvidaré nunca esta sencilla y emocionante ceremonia de haber visto echar tierra en el pequeño camposanto de Ponte a Pitre sobre los restos de un español que como tantos otros, no verá más las tierra de España.
Entrada la noche salimos del puerto, con mar agitada y la luna en creciente, envuelta en nubarrones.
Al levantamos, temprano, el día 13, estamos a la vista de Fort de France, en la Martinico. ¡Recuerdo de aquella erupción del Monte Allá a principios del siglo, por cuyas víctimas postulé siendo un mozalbete, por las calles de Barcelona!
En la bahía bastantes barcos: de guerra, petroleros, barcos mercantes. El mar ligeramente rizado. La población, a la izquierda, se agrupa en las laderas de un montecillo verdeante, después corre al ras del suelo en toro de la silueta de una Iglesia. Aún más a la derecha se halla el muelle donde atracamos entre el Saint Domingue y un platanero armado y convertido en un navío de guerra.
En el puerto donde se han tomado precauciones, los familiares y amigos, esperan a los recién llegados con expresiones de júbilo. Trajes blancos, gentes en mangas de camisa, gendarmes, muchos negros.
Durante el día corren a bordo muchos bulos. ¿Nos llevarán a un campo de concentración? ¿Saldremos en el Saint Domingue? ¿Descenderemos a tierra? Algunos pasajeros españoles que viajan en primera, hacen gestiones para que les permitan quedarse en Fort de France y partir desde aquí hacia América
Al anochecer la gente está tranquila y se congrega en tono del salón donde Miguel Angel, el director de los coros, y una señora extranjera, tocan el piano. Chopin. Bethoven, Albeniz.
El día 14 es un día insulso. Gris, a ratos. En el cielo las banderas de los barcos en berme. Francia, la amada Francia, celebra su fiesta nacional llena de amargura tal vez en la hora mas triste de su historia. Por la tarde un chubasco tropical.
El día 15 es un día de aburrimiento y de fatiga. Parece confirmado que el día 16 saldremos en el Saint Domingue para México. En el barco solo quedamos casi españoles, tres o cuatro pasajeros de otra nacionalidad.
Los pasajeros de tercera pasean por el puente de primera. Natural expansión después de tantos días de hacinamiento sobre la proa; pero que nos priva de nuestros cómodos sillones y nos impide esa posibilidad de asilamiento que me es particularmente tan grato, por mi poca afición a la tertulia constante.
Jorge de Buen Lozano: Llegamos a Coatzalcoalcos, su puerto se llama "Puerto México", el 26 de julio de 1940. Ahí, en ese caliente pueblito, vivimos 15 dias.